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Tratamiento de ansiedad.

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Sabemos que existen tres vías, tradicionalmente propuestas, para la adquisición de los miedos patológicos: el episodio traumático, el modelado y la preparación evolutiva. Pero no se trata sólo de preguntarse cómo se adquiere un miedo, sino, y tal vez más importante, cómo se mantiene. Contar con explicaciones acerca de cómo se perpetúa la ansiedad patológica, puede arrojar luz sobre posibles abordajes terapéuticos, y en esto, hemos aprendido mucho de los psicólogos cognitivo conductuales.

 

Hay un elemento crítico a la hora de explicar el mantenimiento de la ansiedad patológica a largo plazo. Por ejemplo, si una persona padece una fobia simple, seguramente procurará evitar lo que teme o escapará si tiene un encuentro inesperado con el objeto fóbico. Así, quien padece una fobia a las arañas, evitará ir a lugares en donde cree que pueden estar y, si repentinamente se cruza con una araña, intentará huir.

 

Ahora bien, si esta persona efectuara un patrón de conducta opuesto, es decir, se aproximara, tal vez lenta y paulatinamente, a las arañas y de a poco fuera intentando permanecer cerca de ellas en lugar de evitar y escapar, ¿qué pasaría con el miedo? Definitivamente, iría en disminución hasta desaparecer. Este proceso, los psicólogos lo llamamos técnicamente  “aprendizaje de extinción” y permite una disminución y desaparición de la respuesta de miedo por exponerse al estímulo que lo provoca. De hecho, hay una aplicación para Smartphone, que permite que mires tu mano con arañitas para que puedas realizar este aprendizaje.

 

Entonces, no es difícil deducir por qué las conductas de evitación y escape mantienen los miedos patológicos: interfieren con el proceso normal de extinción que tendría lugar si la persona se expusiera. Pero sucede que las respuestas de evitación y escape no son tan sencillas y observables como la del caso mencionado sino que, por el contrario, adoptan formas sutiles y muy poco evidentes. Si una persona padece un trastorno de ansiedad social, es decir que experimenta reacciones de temor al relacionarse con la gente, muy probablemente rehuirá al contacto con los demás. No obstante, a la mayoría de los fóbicos sociales, les pasa que hay ocasiones en las cuales no les queda más opción que relacionarse con otros y en esos momentos suelen aparecer conductas de evitación sutiles: comunicarse por mail y no por teléfono, que es menos ansiógeno; fingir estar sumamente concentrado para evitar saludar y así no correr el riesgo de que se inicie una conversación. Interfieren con el natural proceso de extinción y perpetúan así la ansiedad patológica. En estos casos, los comportamientos de evitación y escape suelen llamarse “de reaseguro”, una expresión que busca enfatizar el hecho de que, al ejecutarse, estas acciones brindan a la persona una seguridad momentánea extra que en verdad no necesita.

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Claro que quien padece algún trastorno de ansiedad busca alivio al llevar adelante las conductas de evitación y escape; en general desconoce el efecto de mantenimiento que ellas ejercen en su patología. En algunos casos, la persona realiza los actos de evitación y escape con plena conciencia y voluntad de reducir su malestar, pero en otras situaciones estas conductas se efectúan sin conciencia y de manera automática, con escaso o nulo registro cognitivo. Las conductas de reaseguro no sólo suelen pasar inadvertidas para los demás, sino para el mismo sujeto.

 

Cualquiera sea el caso, el que realiza conductas de evitación y escape se halla motivado por la búsqueda de alivio a su malestar, la ansiedad patológica, pero sin saberlo, la perpetúa. Esto ha llevado a los psicólogos a afirmar que, en la patología de la ansiedad, lo más importante no es la emoción misma ni tampoco su intensidad. Como planteamos al inicio, la ansiedad es una emoción sana y necesaria. Lo que la convierte en patológica es toda la parafernalia que los seres humanos a veces hacemos para evitarla y controlarla. Los intentos de control destinados a aliviarla son lo que transforman un patrón emocional adaptativo, evolutivamente destinado a protegernos, en algo desadaptado que acarrea sufrimiento y malestar. A eso le sumamos la manera que hemos aprendido a interpretar la realidad, nuestro sistema de creencias, nuestras represiones, etc.

 

Con cada crisis, el individuo redobla sus esfuerzos por controlar la ansiedad, pero sólo consigue empeorar la situación. En algún momento, el control de la ansiedad, y la supuesta prevención de la aparición de crisis se tornan el epicentro de la vida, el paciente está casi todo el tiempo pendiente y preocupado por no sentirse mal pero, sin saberlo, genera el efecto contrario.

 

Allí es cuando necesita ayuda para salir.

Ernesto Iglesias Carranza