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Preferiría no hacerlo…

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Esta frase, que parece el lema de la asertividad, tiene que ver con  “Bartleby el escribiente”. El oscuro y conmovedor personaje de Herman Melville.

 

El cuento, publicado en 1853, narra la historia un abogado de nombre desconocido que tiene su oficina en Wall Street, Nueva York y que cuenta con tres empleados: dos escribientes y un ayudante. Como los dos escribientes no son suficientes para hacer el trabajo de la oficina, el narrador pone un anuncio para contratar a uno nuevo. Bartleby se presenta y es contratado de inmediato. Su figura es descrita como «pálidamente pulcra, lamentablemente decorosa, incurablemente desamparada».

 

El narrador asigna a Bartleby un lugar junto a la ventana. Al principio, Bartleby se muestra como un empleado ejemplar. Sin embargo, cuando el narrador le pide que examine con él un documento, Bartleby contesta: ”Preferiría no hacerlo” (I would prefer not to, en el original) y no lleva a cabo la solicitud. A partir de entonces, a cada nuevo requerimiento de su jefe, contesta únicamente esta frase, aunque continúa trabajando en sus tareas habituales con la misma eficiencia. El narrador descubre que Bartleby no abandona nunca la oficina y que parece que se ha quedado a vivir allí. Al día siguiente, le hace algunas preguntas, pero Bartleby responde siempre lo mismo. Poco después, Bartleby decide no escribir más, por lo que es despedido. Pero se niega a irse de la oficina.

 

Incapaz de expulsarlo por la fuerza, el narrador decide trasladar sus oficinas. Bartleby permanece en el lugar, y los nuevos inquilinos se quejan al narrador de su presencia. El narrador intenta convencerlo de que se vaya, pero no lo consigue. Bartleby es finalmente detenido por vagabundo y encerrado en la cárcel. Allí, poco después de la última visita que le hace el narrador, se deja morir de hambre.

Elescribiente

El cuento ha sido considerado el precursor del existencialismo y de la literatura del absurdo.

 

Tengo que decir que sobre este enigmático personaje que actúa negándose a hacer las cosas, han corrido ríos de tinta (Borges, Kafka, Vilas Matas etc.), se han dado cientos de interpretaciones y sigue generando debates.

 

En este relato debemos sentir ternura y compasión por el escribiente; sus actos inadaptados son explicados por una enfermedad del espíritu, pero trasluce un aire infantil que invita a la protección. Este personaje es confeccionado en un periodo anterior al uso de las enfermedades mentales para una explicación fácil de actitudes similares.

 

Nadie, que yo sepa, le ha etiquetado de “fóbico”. En rigor, no creo que lo suyo sea una fobia. Pero puesto a buscar algún desencadenante de tan sorprendente y reiterada negativa a hacer, sólo se me ocurre que el “problema” de Bartleby es su pánico a la palabra. Que lo que está detrás de ese “preferiría no hacerlo” es un “me niego a explicármelo y a explicarlo”. Porque lo cierto es que, bien pensado, hablar y explicarse puede dar mucho susto. A veces, yo también preferiría no hacerlo.

 

Tú que piensas?

Ernesto Iglesias Carranza