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El Análisis de las Pasiones

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Sé de antemano que este articulo es complicado de leer, pero va dirigido a colegas. No obstante, intenta leerlo.

 

«La angustia es el único afecto que no engaña” es la fórmula lacaniana que parece ser clave en la comprensión del lugar que ocupan los afectos en la teoría psicoanalítica. Más aún, si se la piensa en el marco de la afirmación freudiana de que el afecto no remite a su causa porque se desplaza. Este emplazamiento de la angustia como afecto de excepción, se debe en gran medida a que “con la angustia, Lacan pone por primera vez en evidencia un afecto que tiene la función de revelar lo que el significante no puede reprimir: un real”.

 

La consideración de la angustia permite enseñar que el afecto no queda excluido porque se ponga el acento en la estructura sino que más bien puede ser tomado como aquello que señala el rumbo de la elaboración analítica, tal como ocurre en el seminario de Lacan que lleva su nombre. Después del primer período de su enseñanza en el que lo simbólico y la palabra habían organizado su lectura de la teoría, Lacan se propone en este seminario del año 1962/63 encarar la angustia y con ella, una salida “del monopolio del significante” que hasta allí centralizaba toda posibilidad de acceso al saber inconsciente.
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Una larga tradición

 

Este es el punto de partida del planteo que Colette Soler hace en su libro Los afectos lacanianos en el cual se diferencia, y a la vez se inscribe en la tradición de los análisis de las pasiones del alma que inauguraran Platón y Santo Tomás y se convirtieran en un tópico de la filosofía hasta la modernidad. Para la autora se trata de dar cuenta de la concepción lacaniana y, por lo tanto, de los afectos pertinentes al psicoanálisis, lo cual no es más ni menos que “hacer entrar el inconsciente y los efectos de lenguaje en el dominio de las causas, sin satisfacerse nunca con la simple descripción fenomenológica.”

Esto conlleva a la redistribución de los afectos teniendo en cuenta estas coordenadas del inconsciente y el lenguaje, y considerando el viviente como afectado por estos efectos. Es decir que Soler plantea la hipótesis lacaniana del afecto en tres términos: el hecho de ser hablante (lenguaje), el cuerpo y el sujeto.

 

La primera serie incluye la tristeza, la excitación maníaca, el gay saber, el fastidio y la pesadumbre. La tristeza, cuya especificación como falta moral es bien analizada en el libro, se corresponde con su opuesto, el gay saber, en tanto representan dos maneras de relación con el saber inconsciente: la tristeza como rechazo de ese saber y por lo tanto una falta; el gay saber como goce del desciframiento del inconsciente. Hay un segundo par de afectos, la culpa-cortabilidad (coupabilite) y la buena suerte que se relacionan con el sentido y en tercer lugar una recorrida por “los afectos de nuestro malestar” en los que se destacan el fastidio y la pesadumbre, sin dejar de mencionar la cólera y la vergüenza. En cada caso, y en esto reside la especificidad del trabajo, los afectos son tratados por la autora como efectos de la estructura.

 

Los afectos enigmáticos

 

La última parte del libro se ocupa de los afectos analíticos, destacando por supuesto, el afecto esencial de la transferencia, el amor y otros concomitantes a éste, como la espera, el tope y más adelante frente al fin de análisis el duelo y la satisfacción por el saber, que son denominados “afectos enigmáticos”.

El desafío y el aporte de este libro de Colette Soler consisten en el intento de constituir una teoría de los afectos del psicoanálisis, re-ubicarlos en la teoría general y en la práctica y entenderlos en su dialéctica propia. Un libro técnico, audaz, original, polémico seguramente…

 

Eva Tabakian